Pasada la semana de estar en Madrid, hermosa ciudad en España, hicimos el trasbordo hacia Marruecos; exactamente a Marrakech, en avión a una hora aproximadamente. En ella al llegar, pude notar su tradicional y espectacular Aeropuerto Internacional, en un avión que por cierto venía en su mayoría con pasajeros españoles. Teníamos todo organizado y preparado desde el recojo del aeropuerto y así fue, hablar mi inglés intermedio con el taxista me fue de gran ayuda, ya que fue la primera persona que me dio luces de la ciudad, lugares a conocer y nos iba indicando que por donde íbamos, se llamaba la Nueva Menara, ruta que nos llevaría al hotel donde nos hospedaríamos.
Desde la entrada, el recibimiento, cortesía, calidez y eficacia en el servicio de la gente marroquí fue el preámbulo de algo maravilloso. Al día siguiente muy temprano había un bufete en el hotel que por cierto era variado y riquísimo, y que debíamos de apurarnos en degustar el desayuno si queríamos recorrer el primer día la ciudad de Marrakech aprovechando cada instante. Ya habíamos observado planos, lugares, comentarios de servicios de hoteles, también visto sobre los famosos Riads, que son unos hostales, algo más chico que un hotel; pero que tienen, por ejemplo, ambientes de descanso y recreo en común donde puedes interactuar con gente de todas las nacionalidades del mundo.
Nuestro primer destino fue la Plaza Principal de la ciudad que se llama Yamaa el Fna; de día y de noche es hermosa, preciosa, son pabellones de calles empedradas en las que se comercializan: Artículos de cuero, de madera, túnicas, zapatos, alfombras, lámparas, artículos de vidrio, luces, adornos, collares, joyas preciosas, alpargatas, carteras, bolsos, muebles, telas, en fin; lo que me llamó la atención fueron sus pasadizos por los cuales no sólo caminábamos personas, sino a la vez, circulaban por éstas muchas motocicletas, y esto daba lugar a que estuviésemos cien por ciento atentas a todo movimiento y ruido que se presentara, lo que hacía que caminásemos muy rápidamente. La verdad, esta gran plaza está muy cerca a una Mezquita en la que veíamos que antes de entrar los devotos musulmanes, con qué devoción se lavaban los pies y las manos. Ahí pueden ofertarte, y tú puedes regatear y comprar la linda artesanía que posee Marruecos, así como la gran variedad de productos que les mencioné anteriormente; la verdad, es como el sueño de las Mil y Una Noches hecho realidad y que les aconsejo a todo el mundo que cuando puedan, lo hagan.
Buscamos un agente de viajes caminando por la ciudad, deleitándonos con los lugares, hasta que lo encontramos y por cierto, cumplió su cometido con eficacia, puntualidad y seriedad. Nos dio a escoger algunos lugares, y preferimos Ourzarzate por el color anaranjado de su arquitectura edificada allí en ese lugar y Essaouira; entre otros paseos dentro de la ciudad también estuvimos en los Jardines Majorelle y el famoso Palacio Bahía. Ourzarzate, específicamente Aid Ben Haddou, era la villa que poderosamente nos llamaba mucho la atención y habíamos leído de ella por las películas que se habían filmado en ese lugar; tiene una autenticidad arquitectónica sin igual y su hábitat, está rodeada por una cordillera de montañas, es una parada obligatoria para los que hacen la ruta de los Oasis y últimamente está en auge a nivel cinematográfico, ya que su región ofrece un paisaje natural de gran belleza para los rodajes como los de Hollywood. Esta ciudad tiene estudios de cine donde se han rodado muchos largometrajes, algunos de ellos ganadores de la estatuilla del Óscar: Lawrence de Arabia, Kundun, Gladiador, Té en el Sahara, Babel, etcétera. La ciudad cuenta en total, con tres estudios de cine y un museo.

Al día siguiente seguimos hacia Essaouira, y nuestro destino infaltable era ir a la Cooperativa de Aceite de Argán que es mundialmente conocida por su producto estrella único en el mundo que brota de un árbol de Argán que sólo crece en Marruecos y que le llaman “el oro líquido de Marruecos” que son cremas y aceites comestibles como también de belleza; es una parada infaltable yendo camino a esta ciudad, donde están los famosísimos árboles en los que están colgadas en las ramas de los mismos, literalmente las mundialmente conocidas cabritas, y esta imagen la tengo grabada en mis pupilas y la recreo mentalmente cada que se me apetece, ya que es una experiencia inolvidable. Essaouira, esta ciudad es un puerto marítimo con una fortaleza en donde hay cañones y recuerdos de lo que fue un gran fuerte, en su época. Al margen de esto la ciudad es linda, hay productos del mar maravillosos para comer ahí que te lo preparan los señores que tienen ahí sus puestos, pueden ser los pescadores o no; ahí tuve la suerte de comer una centolla roja marina que es muy parecida en sabor y tamaño a la langosta o al cangrejo que conocemos y tiene mucha carne, es deliciosa; también degustamos los infaltables mejillones y ostras.

Cerramos este tour con un paseo en el Palmeral de Marrakech, compuesto por más de 100.000 palmeras plantadas durante la época almorávide. Llegados al palmeral nos facilitaron la ropa tradicional de los tuaregs; vimos no sólo palmeras, sino zonas desérticas, cauces de ríos secos y aldeas locales, así como algunos castillos que han quedado como recuerdo de los personajes que vivieron allí. Esta experiencia es inmejorable y luego de tomarnos unas hermosas fotografías, nos relajamos tomando un riquísimo té con menta.
Lo que me deja haber conocido una parte de Marruecos es indescriptible, y les cuento algo: Las cabritas trepadas en los árboles de argán, se da debido a que el clima es muy seco y los árboles son la única fuente de alimentación en determinadas estaciones del año; así es que, sin más que comer, las cabritas no tienen otra opción que trepar y pararse en dichos árboles. Soñar con conocer territorio africano y después concretarlo es una maravilla; ver la lluvia que de un momento a otro cae cuando vas por la avenida en un bus turístico, cayendo el atardecer del cielo puesto con colores naranja y celeste es indescriptible. A mí me dejó la mejor impresión, ver en Essaouira cómo una mujer era muy dichosa en la playa con su marido y sus dos hijos con sólo mirarlos entrar al mar fue algo que me encantó; observar también que no necesitaban beber un poco de licor como suele pasar en Occidente para estar alegre, sonriente y feliz. Vale la pena haber vivido y repetir este viaje con el fondo del sonido de las Mezquitas, inclusive, avisando que empezarán sus plegarias y devoción.
¡¡Hasta la próxima!!