“El Paseo de Amancaes que se abre el 24 de junio, día de San Juan Bautista, es sin duda el más pintoresco que tiene Lima y que a no ser de tan corta duración, pues concluye el 30 de setiembre, día de San Gerónimo, haría de esta ciudad la mansión de la Isla encantada de Camóens. Hay al Norte de Lima y como a media legua de distancia, una colina que reviste la naturaleza con todas sus galas y con un verdor de admirable lozanía, matizando con millares de Amancayes del más hermoso color amarillo, la exquisita fragancia que despiden estas flores, la reunión de las bellas limeñas que ostentan todas sus gracias en este paseo y el punto de vista bajo el cual se ve la ciudad, constituyen de esta colina un paraíso terrenal. En este como en otros paseos y en las casas particulares se descubre la grandeza y opulencia de la Ciudad de los Reyes. Multitud de lujosísimos coches, tirados por briosos y hermosos caballos, ruedan por las calles”.

Entre las costumbres típicas tradicionales que se fueron con el irrecuperable pasado del tiempo, ésta de Amancaes, fue una de las más bellas. Se trató de una festividad campestre anual que se celebraba a fines del mes de junio en una pampa aledaña a la capital, lugar arropado en el cobijo de los cerros circundantes en cuyas laderas, entre junio y agosto, crecía una planta esbelta y grácil, ondulante al viento como colorido penacho en el que lucía los olorosos bulbos amarillos de su floración. Se daban por millares y cubrían totalmente las laderas escarpadas, creciendo hacia la altura en busca del manto brumoso, en cuya humedad encontraban el clima apropiado para su existencia.
Se trata de Himenocallis Amancaes, su apelativo botánico en latín, que el criollaje abrevia y lo llama “Amancaes”. Su altura no alcanzaba más allá del metro y su encanto y colorido lo daba la elegancia de su tallo fino, con el verdor de las hojas estrechas y largas como puntiagudas lancetas, y el coronamiento de sus flores de un amarillo vivo y fresco, cuya corola con sus pétalos en punta, le daban un cierto parecido con la azucena.
El acontecimiento y las circunstancias de su desarrollo provocaron la curiosidad y comentarios de los cronistas viajeros del periodo republicano, pues, estos festejos se popularizaron durante el siglo XIX; también los pintores usaron aquel ruidoso y jaranero espectáculo. Pancho Fierro nos ha dejado varias acuarelas que grafican ello, y el pintor alemán Mauricio Rugendas que residió en Perú en la década de 1840, pintó varios óleos con el tema de estas festividades. También el francés Leoncio Angrand, entre otros. Aquella festividad se celebraba el 24 de junio y congregaba en la Pampa de Amancaes, a la variopinta multitud limeña, compuesta de combinaciones de etnología nacional y sus variados cromatismos epidérmicos, todos reunidos en alegre francachela de neto sabor pagano, en que seguramente se reunían ancestros vernaculares con otros originarios de la Carnevalia romana, herencia mediterránea y las celebraciones de Onmolú y Kimbalá, del Vudú Africano.
Pero aquí, lo pintoresco era subir a las laderas de los cerros y arrancar los amancaes para adornar las cabelleras femeninas, las solapas masculinas y los arreos de las cabalgaduras, porque a Amancaes concurrían hombres, mujeres, jineteando corceles, luciendo elegantes ponchos de hilo, sombrero “alón” y la fina estampa del caballero erguido sobre los estribos de cajón en la montura de ancestro moruno. El baile en Amancaes era la Zamacueca, la orquesta para ese baile de compone de arpa y guitarra y se agrega una especie de tambor; este instrumento se tocaba con las manos o dos pedazos de caña. Como el cajón es el alma de la orquesta, el pueblo le ha dado a la zamacueca el nombre de polka de cajón.
Finalmente podemos decir que, la fiesta de San Juan de Pampa de Amancaes era una de las más tradicionales celebraciones populares limeñas, hasta el Presidente Leguía solía llegar a estas fiestas en algunas oportunidades. La fiesta era un lugar de encuentro gracias a la generosidad de la naturaleza. La densa neblina y la garúa persistente que caía sobre Lima, la cual cubría de verde vegetación la pampa y colinas aledañas. “No debemos olvidar que cuando llegaron los españoles a Lima, ésta era un bosque de árboles frutales; la pampa y colinas de Amancaes eran una especie de receptor de toda la humedad de la zona y se convirtió en una especie de loma”. En esta vegetación es que crecía hermosa y silvestre “Flor de Amancaes”, la misma que ha sido motivo para que poetas, pintores, cantantes, jaranistas y viajeros le dediquen canciones y páginas de elogio. Espero les haya gustado este recorrido por nuestra Lima de antes y cómo eran las lomas y el verdor que reinaba en lo que se puede ver ahora que son las faldas de las Lomas de Amancaes, ocupando parte de los distritos limeños del Rímac, Independencia y San Juan de Lurigancho.
¡¡Hasta la próxima!!
Fuente: Juan Manuel Ugarte Eléspuru, Lima incógnita. Lima, apuntes históricos, descriptivos, estadísticos y de costumbres por Manuel Atanasio Fuentes. Fiesta, historia y tradición XXXIII Concurso de Amancaes del Caballo Peruano de Paso.